Nací en Sevilla casi por accidente, aunque es una ciudad que llevo dentro. De ella conservo una forma de cantar, de ornamentar, de hacer que la melodía se detenga un instante antes de seguir avanzando. Esa huella aparece de manera natural en mi música, sin intención previa, como algo que siempre ha estado ahí.
En 1978 mi familia se trasladó a Madrid. Yo tenía cuatro años. La ciudad me acogió y se convirtió en el lugar donde crecí, aprendí y empecé a entender la música como una forma de vida. Estudié en el conservatorio, pero mi verdadera formación sucedía también en casa. Mi padre, compositor, dejaba al final del día la puerta de su estudio entreabierta y yo aprovechaba para sumergirme en su colección de vinilos. Aquellas escuchas fueron mi primer aprendizaje profundo: la música clásica, los timbres, las formas largas, el tiempo entendido como arquitectura.
Hubo un disco que marcó un antes y un después: Intermodulation, de Jim Hall y Bill Evans. Descubrí ahí una manera distinta de hacer música, basada en la escucha mutua, el espacio y el diálogo. Lo escuché tantas veces que terminé memorizando los solos como si fueran canciones sin letra. Desde entonces, la improvisación se convirtió para mí en una forma de pensamiento.
Mi trayectoria se mueve entre el mundo clásico y el jazz. Soy titulado superior en Piano por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, he cursado dos Barcelona Jazz Máster en la ESMUC —composición e interpretación— y un máster en interpretación clásica en la Universidad Internacional de Valencia. Compagino mi actividad artística con la docencia como profesor de Improvisación y Acompañamiento en el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León.
En el escenario, mi trabajo se centra principalmente en el formato de trío de jazz. Un espacio de conversación musical donde la improvisación no es exhibición, sino búsqueda compartida; un lugar donde la música sucede en tiempo real y cada concierto es irrepetible.